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Exclusivo de Diario Gran La Plata

El masón, el explorador y el oro: la historia que une a La Plata con un tesoro millonario perdido

Por Alejandro Casalongue, director de Diario Gran La Plata y Diario Gran Argentina.

Hay historias de La Plata que empiezan mucho antes de que sus protagonistas pisen una diagonal. Algunas nacen a miles de kilómetros, atraviesan montañas, guerras, fortunas, asesinatos, expediciones y secretos familiares antes de encontrar un lugar definitivo en la ciudad. La de Emilio Franck es una de ellas. Para llegar hasta él hay que retroceder al siglo XIX y viajar hacia Pelechuco, un pequeño pueblo boliviano enclavado entre las montañas, en una región que durante siglos alimentó relatos sobre minas, ciudades perdidas y riquezas escondidas. Allí se instaló su padre, Karl Adam Franck, conocido en Sudamérica como Carlos Franck, un inmigrante alemán que había cruzado el océano en busca de otro destino.

Franck había llegado desde Alemania alrededor de 1870 y terminó estableciéndose en una zona donde los Andes comenzaban a descender hacia la Amazonia. No era un territorio sencillo: los caminos eran precarios, las distancias enormes y la naturaleza imponía sus propias reglas. Sin embargo, aquel alemán consiguió construir allí un verdadero imperio. Se vinculó con la explotación de quina, caucho y oro, obtuvo concesiones, levantó caminos y puentes y desarrolló una enorme actividad económica en el norte de La Paz. Las reconstrucciones históricas realizadas en Bolivia describen una residencia extraordinaria para el lugar y la época, con muebles europeos, piano, calefacción, alcantarillado, pasadizos y hasta una pista de patinaje. También habría contado con una gran red de trabajadores y negocios que conectaba aquel rincón remoto con Europa.

Pero junto con la riqueza comenzó a crecer otra historia. Desde mucho antes de la llegada de los Franck, la región estaba atravesada por el mito del Paititi, aquel reino perdido que durante siglos fue asociado con El Dorado. Expedicionarios españoles, aventureros, científicos y buscadores de fortuna habían intentado encontrarlo siguiendo antiguos caminos que comunicaban la Cordillera de Apolobamba con las tierras bajas del Amazonas. Es en ese punto donde la documentación histórica empieza a mezclarse con la tradición oral de una familia.

De acuerdo con el relato transmitido entre generaciones, Carlos Franck habría construido un puente que benefició a una comunidad originaria y, como agradecimiento, habría sido conducido hacia un lugar oculto entre las montañas. Allí habría descubierto una riqueza extraordinaria. La versión familiar habla de una cueva, oro y antiguas monedas, y para sus descendientes aquel episodio habría sido la explicación de una fortuna que creció de manera vertiginosa. No existe hasta hoy una comprobación arqueológica que permita afirmar que Franck encontró Paititi ni un tesoro inca, pero sí está documentado que alcanzó una enorme prosperidad gracias a sus actividades económicas en la región. Y es justamente esa frontera entre lo comprobable y lo legendario la que, más de un siglo después, continúa alimentando el misterio.

En aquella casa de Pelechuco crecería Emilio Franck, nacido en 1886. Y por esa misma vivienda pasaría uno de los exploradores más famosos del siglo XX: Percival Harrison Fawcett, militar, cartógrafo y aventurero británico que durante las primeras décadas del siglo pasado recorrió enormes zonas de Bolivia, Brasil y Perú realizando expediciones y levantamientos cartográficos. Con el tiempo desarrolló una obsesión: estaba convencido de que en el interior de Sudamérica había existido una civilización avanzada todavía desconocida para Occidente. La llamó simplemente “Z”.

Fawcett terminaría convirtiéndose en leyenda cuando en 1925 ingresó al Mato Grosso brasileño junto a su hijo Jack y Raleigh Rimell. Nunca regresaron. Su desaparición provocó expediciones de búsqueda, libros, investigaciones y teorías que sobrevivieron durante décadas. Su figura terminó asociada al gran imaginario de los exploradores del siglo XX y su vida inspiró el libro y la película “Z: La ciudad perdida”, mientras distintas reconstrucciones lo vincularon con el tipo de personaje que décadas después popularizaría el cine de aventuras.

Mucho antes de desaparecer, Fawcett había estado en Pelechuco y había conocido a los Franck. Una fotografía conservada durante décadas muestra al explorador británico en la casa de la familia. Para los descendientes de Emilio, esa imagen es mucho más que una curiosidad histórica: es una pieza que confirma que dos mundos que durante años parecieron formar parte de relatos diferentes efectivamente llegaron a cruzarse. Según la reconstrucción familiar, Carlos Franck y Fawcett habrían entablado una relación cercana, y la tradición va todavía más lejos al sostener que Carlos habría influido en aquella búsqueda que terminó llevando al británico hacia el interior del continente.

Emilio estuvo allí. Vio aquel universo de exploradores, negocios, oro, comunidades originarias, viajeros y aventureros desde adentro, y muchos años después dejó parte de esos recuerdos escritos. Sin embargo, la riqueza de los Franck no significó tranquilidad. La familia quedó también atravesada por enfrentamientos, armas y disputas. Una reconstrucción histórica relata incluso un asalto a la casa familiar durante el cual ladrones se llevaron una caja fuerte con una enorme suma de dinero y fueron asesinados un hijo de Carlos y una empleada.

Carlos Franck murió en 1922. Después de su muerte, la enorme familia quedó frente al problema que tantas veces acompaña a las grandes fortunas: la herencia. Emilio tenía once hermanos y los bienes, propiedades y riquezas acumuladas durante décadas comenzaron a convertirse en motivo de conflicto. La memoria familiar habla de peleas, muertes y episodios violentos. Las razones exactas que terminaron empujándolo fuera de Bolivia son difíciles de reconstruir por completo, pero sus descendientes sostienen que llegó a temer por su vida.

Entonces comenzó otro viaje. Esta vez no sería hacia una ciudad perdida, sino hacia La Plata. En 1943, con 57 años, Emilio Franck llegó a la Argentina y se instaló en la capital bonaerense. De repente, la historia que había comenzado entre montañas bolivianas, minas, exploradores y rumores de oro ingresaba silenciosamente a una ciudad de diagonales. Aquí no fue recordado como un aventurero. Fue vecino, ajedrecista, masón y también hombre ligado a Estudiantes de La Plata.

Franck se convirtió en socio del Pincha y desarrolló una estrecha relación con Pedro Osácar, dirigente que presidió el club durante distintos períodos entre 1940 y 1951. Su pasión era el ajedrez y, según las reconstrucciones realizadas por sus descendientes, llegó a representar a Estudiantes en diferentes torneos. La historia guarda incluso otro detalle extraordinario: habría disputado partidas con Alexander Alekhine, una de las máximas figuras de la historia del ajedrez y campeón mundial. Aquel hombre que había crecido en un pueblo perdido de Bolivia, que había visto pasar exploradores por la casa de su padre y que cargaba sobre sus espaldas los secretos de una familia que alguna vez había acumulado una enorme fortuna, encontró en un tablero de 64 casillas una nueva manera de recorrer el mundo.

Pero había otra parte de Emilio que permanecía lejos de la vida pública: la masonería. Según la documentación y los objetos conservados por sus descendientes, Franck alcanzó el grado 33 de la francmasonería. Entre sus pertenencias familiares sobrevivieron símbolos vinculados a esa tradición, como la escuadra y el compás. La Plata, una ciudad cuya propia historia estuvo desde sus orígenes ligada a figuras de la masonería, terminó convirtiéndose así en el lugar donde Emilio pasó buena parte de la última etapa de su vida. El muchacho nacido entre las montañas de Pelechuco se había transformado en un platense por adopción.

Durante años, Emilio escribió. Dejó recuerdos de su vida, de sus viajes, de su familia y de aquel universo que había conocido en Bolivia. También pasó temporadas fuera de la Argentina y las reconstrucciones familiares señalan que permaneció varios años en Japón mientras trabajaba en sus memorias. Con el tiempo, esos papeles quedaron en manos de la familia. Sin embargo, Emilio habría dado una última orden: quería que fueran quemados.

Su hija Carmen Luz no cumplió completamente aquel pedido. Los documentos sobrevivieron, pasaron los años y después las décadas. Quedaron mezclados entre cajas, objetos familiares y recuerdos cuyo verdadero significado las nuevas generaciones ya no conocían. Hasta que llegó la pandemia. Mientras revisaba las pertenencias de una tía abuela, el platense Juan Diego Soldi, bisnieto de Emilio, comenzó a encontrarse con piezas de un rompecabezas que desconocía.

Primero aparecieron objetos, después documentos y finalmente las memorias. Soldi empezó a leer y descubrió que detrás del abuelo de su padre había una vida que parecía escrita para una novela. Allí estaban Pelechuco, Carlos Franck, las montañas, las fortunas, los conflictos familiares y el nombre de Percy Fawcett. También sobrevivían antiguas macuquinas, monedas acuñadas a martillo que la familia vincula con aquella riqueza de los Andes, además de otros elementos conservados durante generaciones.

Lo que había comenzado como una búsqueda familiar se transformó entonces en una investigación. Soldi dedicó años a ordenar documentos, rastrear nombres, contrastar versiones y reconstruir el camino de sus antepasados. El resultado fue “Odisea Pelechuco: Memorias de Emilio Franck”, un libro que recupera los escritos de su bisabuelo y los acompaña con documentación, investigaciones y notas destinadas a reconstruir un pasado que durante décadas permaneció enterrado entre los papeles de una familia platense.

La obra no intenta solamente contar la vida de Emilio. También propone mirar desde este lado del mundo una época cuyos grandes relatos fueron escritos casi siempre alrededor de los exploradores europeos. Fawcett se convirtió en leyenda mundial, mientras que los Franck quedaron en los márgenes. Más de cien años después, el libro intenta volver a colocar a Pelechuco y a quienes vivían allí dentro de aquella historia.

Pero durante la investigación apareció algo todavía más inquietante: unas coordenadas. Soldi sostiene que la documentación familiar le permitió identificar la posible ubicación de una antigua mina de oro en la que habrían trabajado Emilio y Carlos. Según su interpretación, allí podría encontrarse parte de aquella riqueza que dio origen al mito familiar. Incluso llegó a estimar que el valor potencial del supuesto tesoro podría alcanzar cifras de miles de millones de dólares.

Hasta ahora, esa fortuna no fue encontrada. Tampoco existe una excavación arqueológica que haya demostrado que el lugar señalado esconda semejante cantidad de oro. Y esa diferencia es fundamental. Existen las memorias, las fotografías, los objetos familiares, la evidencia del vínculo de los Franck con Pelechuco y la presencia de Fawcett en aquella casa. Existe también una historia económica extraordinaria alrededor de Carlos Franck. Lo que todavía permanece en el terreno de la hipótesis es el supuesto tesoro.

Quizás por eso la historia resulta tan poderosa. Porque después de más de un siglo nadie puede decir con certeza qué espera bajo aquellas montañas. Tal vez exista una vieja mina. Tal vez parte de la riqueza de Carlos Franck haya quedado allí. Tal vez las monedas conservadas por la familia sean apenas el último vestigio de algo muchísimo mayor. O tal vez la verdadera fortuna haya sobrevivido de otra manera: en unos papeles que un hombre pidió quemar y que su hija decidió conservar, en una fotografía tomada en una casa perdida de Bolivia, en un carnet de Estudiantes, en un tablero de ajedrez, en símbolos masónicos guardados durante generaciones y en un bisnieto que, más de cien años después, decidió abrir las cajas.

Así, una historia que comenzó con un inmigrante alemán internándose en los Andes terminó encontrando refugio a miles de kilómetros, en La Plata. Carlos Franck murió en Pelechuco en 1922, Percy Fawcett desapareció en la selva en 1925 y Emilio escapó de Bolivia hasta llegar a esta ciudad en 1943. Décadas después, cuando casi todos los protagonistas habían desaparecido, sus papeles volvieron a hablar.

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